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Sin rostros y en silencio: Trabajadoras sexuales del sur de Veracruz

Ilse Sulvarán / Armando Ramos

Las personas que se dedican al trabajo sexual y que sobreviven en las carreteras, bares y cantinas de los municipios del sur de Veracruz no tienen nombre ni rostro para el gobierno, sus políticas públicas o alguno de los dieciocho programas sociales federales de la Secretaría de Bienestar, mucho menos para el sector salud o las alcaldías, particularmente de Nanchital e Ixhuatlán del Sureste, sean gobiernos de izquierda o derecha.

Ellas arriesgan sus vidas entre tráilers, antros de vicio y promesas rotas, en la sombra de los puentes y ante la indiferencia social. A pesar del peligro al que están expuestas, no cuentan con servicios médicos, tampoco disponen de revisiones de salud, educación u oportunidades de empleo formal. La mayoría huye del hambre, la violencia doméstica o del abandono: son madres, hijas, hermanas, pero para el sistema no son nadie. Existen, pero no importan, viven una lucha diaria entre el prejuicio y la necesidad, el rechazo y la marginación.

Así es parte de la realidad de las trabajadoras sexuales en municipios como Nanchital, Ixhuatlán del Sureste y otras localidades que conforman el Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec (CIIT), una región casi en la frontera con Tabasco, donde pese a las promesas de las últimas tres administraciones federales incluida la actual sobre inversiones, generación de empleo y desarrollo social, los beneficios siguen siendo más un mito que una realidad.

El servicio sexual como forma de vida

“Marcela” tiene 37 años, es trabajadora sexual en el sur de Veracruz y forma parte de ese porcentaje de la población que se dedica al oficio más antiguo del mundo, y que ha sido relegado por las autoridades pese a los múltiples peligros en el día a día.

Ella enfrenta una realidad desafiante: es el único sostén económico de una familia conformada por ocho personas. Vive con sus cuatro hijos, su nuera, su nieto, su consuegra quien vive con la condición de «Parkinson» y un pequeño de apenas tres años que adoptó luego de que una amiga mesera ya no pudiera hacerse cargo de él.

Cada día, Marcela ha tenido que exponer su vida para sacar adelante a su familia sin la ayuda de ninguna autoridad, sin el apoyo de ningún programa social, lucha por garantizar alimentos en la mesa y cubrir los servicios básicos como el agua y la luz.

En forma determinante, asegura que es ella la única que puede sacar a los suyos de la vulnerabilidad, y no está dispuesta a rendirse.

«No soy puta, soy una mujer que trabaja, la gente me ve y me ignora, como si no existiera, tengo que aguantar a cualquier cabrón, a veces con miedo, a veces con asco, todo por tener dinero para darle de comer a mis hijos, no elegí esto por gusto, lo elegí porque no había más. Porque cuando no tienes estudios, ni padrinos, ni oportunidades, el cuerpo se vuelve lo único que puedes ofrecer.»

Esa tarde, “Marcela” sujeta su teléfono celular con sus largas uñas, viste casual, cruza la pierna, bebe un sorbo de café y comparte su historia.

“¿Conociste el bar Noa Noa en Nanchital? Yo trabajé ahí. Detrás de la música, las luces y el humo de cigarro, había cuartos escondidos entre el monte, donde muchas como yo vivíamos y dormíamos, esperando que amaneciera para volver a empezar.

Ahí conocí de todo: meseras que se volvían madres solteras, travestis que escapaban del odio con tacones altos, y sexoservidoras que trabajaban bajo la lluvia en las carreteras del sur”, relata con la mirada fija.

“Mi rutina empezaba los martes y terminaba los domingos. Los martes, miércoles y jueves entraba desde la una de la tarde y ganaba 200 pesos fijos, aunque saliera hasta la medianoche, los fines de semana eran peores: entraba al mediodía y a veces salía hasta las seis de la mañana del día siguiente, no había hora, ni descanso”

Aunque no había clientes, tenía que estar ahí, parada, esperando, no podía usar el celular, si me cachaban, me lo quitaban o me descontaban la mitad del sueldo. A veces pasaban horas sin que nadie llegará. Los días más flojos eran entre semana, pero cuando caía catorcena, había compañeras que se fichaban hasta 45 veces en una sola noche.

Habían noches buenas que ganaba 500, 600, hasta mil 500 pesos. Tenía meses donde juntaba más de 30 mil pesos, pero eso significaba estar ahí todo el día, mesereando, atendiendo, sonriendo aunque por dentro no quieras ni hablar. Te acercas, le pones la servilleta al cliente, le dices: ‘buenas tardes, qué va a tomar. Si te invita una media, te sientas con él, esa media la pagan en 80 pesos: 40 son para ti y 40 para el dueño” Eso es fichar.

Pero no todas estamos ahí por lo mismo, ¿sabes? No todas damos servicios y las que sí muchas lo hacen por necesidad. Si el cliente paga el día, puede costar mil, dos mil, hasta tres mil pesos, pero de eso, nosotras ganamos casi nada”, detalló.

En los bares de Nanchital, la jornada laboral no termina con el cierre de las puertas. Para las trabajadoras, existe una «salida» que el cliente debe pagar si quiere llevárselas fuera del negocio. El costo varía: los viernes puede alcanzar los 500 pesos, mientras que los sábados llega hasta los mil. Sin embargo, de esa cantidad, la mujer solo recibe 200 pesos como salario fijo.

Lo demás depende de lo que ella logre acordar con el cliente. Hay quienes negocian tiempo limitado, regresando al bar después de dos horas, y otras que cobran más por pasar la noche completa. No siempre el trato es por sexo; en muchos casos, los hombres solo buscan compañía para recorrer bares en Coatzacoalcos, donde la noche se vuelve más larga y difusa.

Lo que pocos ven, refiere, es por lo que las trabajadoras sexuales, las meseras y ficheras tienen que pasar para ganarse unos pesos, “si, a veces cobramos muy bien pero arriesgamos nuestra vida y la salud “.

“Todo mundo cree que nuestra vida es fácil, que nomás es echarte a un cliente y ya. Pero no saben lo que hay detrás. Tienes que aguantar cabrones que llegan todos sudados, con la boca apestosa, y aun así quieren besarte, tocarte, manosearte como si una fuera de trapo”.

Hay formas de trabajar, eso sí. Mira, llega un cliente, me invita una chela, me siento con él, pero yo no dejo que me agarre ni un pelo, pero hay otras compañeras que son más aventadas. Al rato ya tienen la chichi de fuera, el cliente les agarra las nalgas y hasta les anda haciendo el papanicolau ahí mismo.

Y el problema es ése, que si una se deja, los demás quieren hacer lo mismo con todas. Hay gente educada, pero también hay cada viejo pasado que nada más está viendo a quién puede agarrar. Aquí si no pones tus reglas, te comen viva”, lamentó.

“Piensan que por una cerveza tienen el derecho de estarte toqueteando y manoseando, en todos los lugares es igual. Te ven y dicen pinche puta y te discriminan, pero no saben que la mayoría de mis compañeras casi nadie hace servicio. Mira, yo pienso, en mi casa me esperan mis hijos, me voy una noche con alguien, me da tres mil pesos, por cuestiones del destino se rompe el preservativo. Ponte que el papiloma se controla, pero que tenga VIH, yo tengo que ver realizada la vida de mis hijos, yo sé que en mi casa me esperan. Los clientes te invitan, pero no sabes si en el camino hay un accidente. Yo aquí vine a hacer dinero, a la semana ganas hasta ocho mil pesos. Otros clientes no son tan malos, solo buscan compañía, que los escuches”, expresó.

Marcela está satisfecha con su físico; no obstante, admite que es gordita, llenita porque se duerme de madrugada, a mediodía se levanta para ir a trabajar, prácticamente a diario ingiere bebidas embriagantes, come de la botana que ofrecen en su trabajo a los clientes y descansa poco.

En ese momento de la charla, bajo la mirada y entre lágrimas recordó pasajes su adolescencia: de pequeña estudió hasta la telesecundaria, pues su padre era machista y cuestionaba para qué iba a necesitar estudios si era mujer. Por ello, empezó a limpiar casas desde los 12 años, luego vendía tamales los fines de semana y a los 17 se juntó con el papá de sus hijos, dejando la escuela de lado para no descuidarlos.

También trabajó en casas, hoteles, pero solo ganaba entre cuatro mil 500 y seis mil pesos mensuales, los cuales eran insuficiente para la renta, la comida, los servicios y los pasajes en el sur de Veracruz. Otro de sus empleos fue haciendo comida para los trabajadores de la refinería de Minatitlán, ahí ganaba siete mil pesos a la quincena, pero entraba a las tres de la mañana y salía a las siete de la noche.

A eso se suma el abandono del sector salud, incluidas las autoridades locales. “Ya no vienen a revisarnos, no hay campañas ni chequeos, si te enfermas, te enteras tarde y mientras, sigues trabajando”, reprochó.

No solo son mujeres quienes se dedican al trabajo sexual; también hay personas de la comunidad LGBT. Este oficio lo ejercen personas de diversas identidades y expresiones de género

Pensativa, reconoció que solo quiere paz y tranquilidad, pero la vida que lleva poco a poco consume su paciencia, aun así sigue trabajando en los bares y cantinas, bajo el único amparo del artículo cinco constitucional.

El paso de las damas

“Aquí, entre el monte y la oscuridad, es donde trabajo. A veces me paro debajo del puente, otras más cerca de la carretera. Espero a los fraileros desde que oscurece hasta que empieza a amanecer”. Así comienza el testimonio de Karla, una mujer de escasas tres décadas de vida, que desde hace cinco años ejerce el trabajo sexual en la carretera Nuevo Teapa–Cosoleacaque.

Con la voz temblorosa, los dedos entrelazados y la mirada fija en el suelo polvoriento, Karla se recarga en el muro que sostiene el puente carretero, las luces lejanas de los tráileres parpadean como si anunciaran otra noche igual a la anterior. Accede a hablar, sin muchas palabras, como quien ha aprendido a callar por sobrevivencia: “nomás estudié la primaria, me fui de mi casa por los golpes y terminé aquí. No fue fácil, pero encontré en la carretera un modo de ganarme la vida”, confiesa, mientras un viento cálido agita sus cabellos teñidos por lo fresco de la noche

Llegó a este lugar escapando de la violencia doméstica, sin maleta ni destino fijo. Hoy, su rutina transcurre entre los matorrales y los espacios vacíos debajo del puente, donde la oscuridad se mezcla con el rugido de los motores. “A veces me tocan cinco hombres por noche, unos nomás quieren faje o que los toques, otros ya quieren todo, depende de cómo vengan, si están tomados, si traen dinero, mis noches son estar de tráiler en tráiler”, dice con una resignación.

El estómago vacío no detiene el trabajo, solo lo vuelve más duro. Cuando todo termina, Karla camina hasta los baños públicos de las “cachimbas”, como se les conoce en esta zona del sur a los comedores de carretera para asearse, con el cuerpo cansado y el alma en silencio. Ahí, entre mosaicos manchados y agua fría, intenta borrar los rastros de una jornada más, antes de volver a su rincón entre los puentes.

Asegura que cobra 500 pesos por encuentro, aunque muchas veces tiene que ceder por menos. “Intento comprar mis condones, pero hay hombres que no quieren usarlo y se enojan. A veces uno se tiene que dejar porque un día que no trabajas, es un día que no comes”, reconoció.

Confiesa que hace un tiempo comenzó a beber para soportar las largas noches. “Antes no tomaba, pero ahora pues ya no siento tanto, me da fuerzas. Si no, no aguantaría”. Karla vive sola y renta un cuarto por mil 500 pesos mensuales en Ixhuatlán del Sureste. No tiene hijos, pero enfrenta gastos constantes.

“Hoy en día, sigo en la carretera. A veces me siento agotada, pero otras veces, como cuando caen las primeras luces del amanecer, me siento agradecida por estar viva. He pensado muchas veces en dejarlo todo atrás, en encontrar una vida diferente, pero algo siempre me lo impide, tal vez es el miedo a lo desconocido o el hecho de que, aunque no lo reconozca, la carretera se ha convertido en mi hogar.

Ya no siento nada”, repite varias veces Karla. Mira los camiones pasar, uno tras otro, como si fueran el mismo. Como si su vida fuera eso: una fila interminable de cuerpos, promesas baratas y cansancio que no se va.

“Nadie ha venido en años a preguntarme si me cuido, si tengo cartilla, si necesito hacerme el Papanicolaou. No estoy registrada en ningún lado, estudiar cuesta dinero y no tengo tiempo, te confieso si bien me va hasta 20 mil pesos tengo de mis servicios y en ocasiones no mucho. En mis días de regla trato de no salir, pero si me baja poco, me tengo que ir”, agregó.

Respecto a enfermedades de transmisión sexual, Karla admitió que ha tenido dificultades. “Sí, pero prefiero no hablar de eso, solo te puedo comentar que no tengo VIH”, enfatizó.

También reveló que algunos hombres no buscan mujeres, sino a personas de la comunidad LGBT o travestis. “Y si hay, pues ellos también trabajan”.

Aunque lleva años viviendo en Ixhuatlán del Sureste prefirió no decir de dónde es originaria. Su testimonio refleja una realidad poco visibilizada: la de mujeres que sobreviven en la periferia, sin acceso a salud, protección o programas sociales. “Trabajo bajo los puentes de las carreteras y nadie viene a vernos”, finalizó.

La indiferencia gubernamental

En los municipios de Nanchital, Ixhuatlán del Sureste y Moloacán los primeros dos de Morena y el segundo del PRI, respectivamente una región donde convergen diversas rutas del sur veracruzano, los gobiernos municipales carecen de una dirección, departamento o comisión específica que atienda a las personas que ejercen el trabajo sexual.

Como consecuencia, no existe un padrón oficial que permita conocer el número aproximado de trabajadoras y trabajadores sexuales en cada localidad. Tampoco hay programas de apoyo, atención médica, orientación legal o acompañamiento psicológico para mujeres, hombres o integrantes de la comunidad LGBTTIQ+ que desempeñan esta labor.

Esta omisión institucional mantiene en el anonimato y en situación de vulnerabilidad a un sector que además de enfrentar estigmas sociales, opera sin garantías mínimas de salud, seguridad ni derechos laborales.

Muchas trabajadoras dependen de organizaciones civiles para recibir preservativos, pruebas de VIH o atención psicológica.

En casos como el de Nanchital, resulta poco lógico que la presidenta municipal Esmeralda Mora Zamudio, haya sido titular del Instituto Municipal de la Mujer en el municipio conurbado de Coatzacoalcos, pero no haya tenido presente el tema en su administración. Por su parte, el priista Omar Augusto Ricardez Chong, alcalde del municipio de Moloacán repitió como alcalde luego de cuatro años y el tema ha quedado fuera de su agenda pública.

Además, en el ayuntamiento de Nanchital no hay personal para el área de salud. Los médicos y enfermeras que habían se van por los bajos salarios y las autoridades han recurrido a la Cruz Roja.

La alcaldesa Esmeralda Mora Zamudio reconoció que con todo y un presupuesto de casi 200 millones de pesos anuales, actualmente su administración no cuenta con atención médica constante para las trabajadoras sexuales, debido a la falta de personal.

“Lo de los médicos no lo tenemos totalmente en el ayuntamiento porque, desgraciadamente, con este tema de los mejores pagos y condiciones laborales que ofrece el Gobierno Federal, muchos médicos se han ido”, explicó.

Detalló que anteriormente contaban con dos doctoras profesionales que estuvieron presentes durante gran parte de su administración, brindando atención médica, pero en la actualidad esa cobertura se ha visto limitada.

“Ahorita andamos tocando puertas para que pueda venir un médico al municipio, ya fuimos a los simis para que nos apoyen, pero desgraciadamente los poquitos que hay están ocupados. Ya se habló a la Jurisdicción Sanitaria para ver si ellos nos pueden conseguir uno que esté cerca, entendemos que los salarios no son suficientes para poder venir a Nanchital.”, agregó.

Al respecto, el director del hospital IMSS-Bienestar de Ixhuatlán del Sureste, Ángel Guillén Cubilla, dejó en claro “nosotros no tenemos ni el padrón ni nada, aquí no vienen. Aquí nunca se ha brindado porque es consulta externa.

Aquí se hace el papanicolau para las mujeres en general, se proporcionan dispositivos, se ponen implantes, se les dan preservativos. Tenemos dos médicos por turno por zona, pero en cuestión de atención a meretrices no hacemos pruebas o análisis”, especificó.

En Ixhuatlán del Sureste, durante un periodo limitado, la Dirección Municipal de Salud, a cargo de Rosy Fernanda Lara Domínguez, trabajó en conjunto con el hospital local para realizar visitas a zonas donde laboran mujeres que ejercen el trabajo sexual, con el objetivo de brindar atención médica y realizar chequeos periódicos. Sin embargo, este esfuerzo fue suspendido con el paso del tiempo.

Las revisiones, que en un principio se realizaban cada tres o seis meses, dejaron de efectuarse de manera regular. Una de las razones fue que algunos de los establecimientos donde operan estas mujeres no contaban con permisos o no estaban en regla, lo que impidió dar continuidad al monitoreo y atención médica.

De igual manera, la directora Lara Domínguez comentó que actualmente, no existe un padrón oficial que registre a las trabajadoras sexuales del municipio, lo que dificulta el seguimiento médico necesario. La importancia de realizar estudios como el Papanicolaou y pruebas de VIH es fundamental para la prevención y detección temprana de enfermedades. Según se tiene conocimiento, los casos de VIH en Ixhuatlán del Sureste han ido en aumento, aunque este tema lo maneja directamente el Hospital IMSS Bienestar, por lo que no hay cifras oficiales disponibles desde la Dirección de Salud Municipal.

Esta situación deja en evidencia la necesidad urgente de retomar y fortalecer las estrategias de salud pública dirigidas a este sector de la población, que continúa en la invisibilidad institucional.

Tan sólo a nivel estatal, la página oficial del Congreso de Veracruz reporta que la última Ley Relativa a la Prostitución y la Profilaxis data del año 1943, una realidad lejana a la época de hoy en día.

En otros lugares, como la Ciudad de México, las trabajadoras sexuales son reconocidas como asalariadas con derechos y hasta han sido credencializadas.

IMSS-Bienestar dispone solo de anticonceptivos

Los anticonceptivos son un programa permanente en la unidad del IMSS-Bienestar en Nanchital.

“Anticonceptivos hormonales-orales, hormonales-inyectables, mensuales, bimestrales, trimestrales, el implante de una varilla o de dos varillas, DIU medicado y DIU de cobre, se manejan también métodos permanentes vasectomía, preservativos masculinos y femeninos”, expresó Erika Pérez Salinas.

En este sector no se realizan chequeos médicos ni revisiones a las trabajadoras sexuales. El ginecólogo particular y ex jubilado del hospital de Pemex de Nanchital, Miguel Cacho López señala que, aunque en el pasado eran comunes enfermedades como la gonorrea y la sífilis, actualmente el Virus del Papiloma Humano (VPH), en sus variantes plana y empinada, es una de las infecciones de transmisión sexual más frecuentes en hombres y mujeres.

Destaca que el estudio de Papanicolaou debe realizarse al menos una vez al año; sin embargo, en el caso de las trabajadoras sexuales, recomienda hacerlo de manera más frecuente debido al contacto con múltiples parejas. Subraya además la importancia del uso constante del preservativo y acudir a revisiones médicas periódicas para una detección oportuna de infecciones.

Fuera del radar de la salud pública

Aunque el trabajo sexual forma parte de la economía informal en municipios del sur de Veracruz, las sexoservidoras siguen fuera de cualquier programa oficial de salud preventiva. Ni el Gobierno Municipal de Nanchital, ni la Dirección de Salud de Ixhuatlán del Sureste, el Hospital IMSS Bienestar ni el IMSS-Bienestar de Nanchital antes conocido como centro de salud realizan estudios o revisiones médicas dirigidas específicamente a este grupo.

En los municipios mencionados, no existen campañas activas para practicar el Papanicolaou, realizar chequeos ginecológicos, aplicar pruebas rápidas o revisar cartillas de control sanitario, también conocidas como tarjetas de control sanitario, a mujeres en situación de trabajo sexual. Esta omisión coloca a muchas en riesgo, no solo por la naturaleza de su labor, sino por el abandono institucional que enfrentan.

«En Ixhuatlán del Sureste no hay un seguimiento médico para estas mujeres. No se acercan a ellas, no se les da información, no se les revisa, no se registran. Son invisibles para las autoridades sanitarias», mencionó una fuente cercana al sector salud, que prefirió permanecer en el anonimato.

La situación no es distinta en Nanchital, donde las trabajadoras sexuales que laboran en bares, cantinas o de forma independiente, tampoco son atendidas por ninguna campaña formal del IMSS Bienestar ni por brigadas del gobierno local ni estatal. La falta de atención preventiva no solo vulnera sus derechos humanos, sino que también representa un foco rojo de salud pública.

En la región, la Jurisdicción Sanitaria XI de la ciudad de Coatzacoalcos es la encargada de operar los programas y acciones de salud pública en los municipios de la zona; sin embargo, hasta la fecha no anuncian o informan sobre actividades dirigidas a las trabajadoras sexuales.

Mientras tanto, las sexoservidoras continúan trabajando, muchas veces sin acceso a información, pruebas médicas ni métodos de prevención adecuados. Su salud depende de su propio cuidado o de lo que puedan pagar de forma particular.

Discriminación y sexo servicio en la comunidad LGBT

En ciudades del sur de Veracruz como Coatzacoalcos, la diversidad aún se enfrenta al muro de la discriminación. A pesar de los avances legales, la vida cotidiana para muchas personas de la comunidad LGBT sigue marcada por el rechazo, la invisibilidad y la precariedad.

Luis Geovani Pérez lo sabe bien. Desde hace 15 años, ha dedicado su vida a la defensa de los derechos LGBT como presidente del Colectivo de Diversidad Sexual Ambien-Tales. Sin embargo, su experiencia también es testigo de lo lento que caminan los cambios y lo dolorosas que pueden ser sus ausencias.

“Hay personas que, lamentablemente, al no encontrar trabajo como las mujeres trans, que sufren discriminación constante recurren al sexo servicio como una forma de sobrevivir”, explica con pesar. No es una elección, es una salida forzada por la falta de oportunidades, por puertas que se cierran incluso antes de intentar tocarlas.

En la región, vivir con VIH sigue siendo una batalla doble: contra el virus y contra el estigma. Luis Alberto Ruiz, presidente de la Asociación Coatza VIHVE, lo ha visto durante años en las calles, en los centros de salud, en los rostros de quienes acuden por ayuda. Desde su organización, impulsa campañas de prevención, consejerías, acompañamiento emocional y un banco de medicamentos que sostiene con esfuerzo para apoyar a quienes no pueden costear un tratamiento.

A pesar del rechazo social, muchas trabajadoras sexuales gestionan por su cuenta preservativos a través de asociaciones. El uso del condón es una regla entre ellas, incluso cuando algunos clientes se niegan. Su organización refleja una conciencia de salud que muchas veces supera a la del resto de la población.

Una pandemia fuera de control

En la región sur de Veracruz, desde San Andrés Tuxtla hasta Las Choapas, hay registrados cerca de 3 mil 500 casos de VIH. De estos, el 60% corresponde a hombres y el 40% a mujeres, en edades que van de los 18 a los 55 años.

La cifra es alarmante, pero lo es aún más la falta de campañas actuales de prevención. “Hay mucha discriminación y estigma. La gente piensa que solo le da a la comunidad LGBT, pero no es así. Hay mucho flujo de personas y poca información”, lamenta Alberto Ruiz.

Coatzacoalcos ocupa el segundo lugar a nivel estatal en casos de VIH. Veracruz, por su parte, encabeza la lista nacional en nuevos casos entre mujeres y en defunciones por esta causa. A pesar de estos datos, no se percibe una estrategia renovada de información que alcance a toda la población.

Paradójicamente, uno de los sectores más señalados es también uno de los más responsables: las trabajadoras sexuales. “Son las que más se cuidan porque es su trabajo, de ahí viven”, asegura Ruiz. En Coatzacoalcos, cuentan con un control sanitario obligatorio cada tres meses, donde se les realizan exámenes médicos y se les entregan preservativos. Este seguimiento se realiza en la Dirección de Salud Pública Municipal, pero solo para quienes radican en el municipio.

El grupo Ángeles en el Camino las representa y acompaña, aunque no existe un inspector oficial del gobierno. Muchas acuden a estos chequeos no solo por salud, sino también por economía: prefieren recibir los preservativos ahí, ya que no pueden costearlos de forma constante.

Además, en el municipio opera un CAPACITS (Centro Ambulatorio para la Prevención y Atención en VIH/SIDA e Infecciones de Transmisión Sexual), donde se otorgan tratamientos gratuitos. Coatza Vive colabora activamente con este centro para canalizar y acompañar a los pacientes.

Un corredor interoceánico sin oportunidades para todos

Marcela y Karla trabajan en la región precisamente por donde pasa el llamado Corredor Interoceánico. Sin embargo, de la llegada de inversiones, la generación de empleos y el desarrollo de proyectos nada se sabe.

Durante los últimos siete años, las autoridades han hablado en repetidas ocasiones de esta iniciativa, más recientemente de los polos de bienestar, pero para sectores de la población como el de las trabajadoras sexuales no se conocen los beneficios, mucho menos programas sociales.

En la zona conurbada de Nanchital e Ixhuatlán del Sureste únicamente empresas como Techint, Dipepsa, Farmacias Guadalajara y proveedoras de la industria petroquímica reclutan mano de obra constantemente para obra civil y servicios.

A los citados ayuntamientos, la gente desempleada lleva hasta 20 currículums, el resto busca oportunidades en otras regiones.

De acuerdo con la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos (CONASAMI), el salario mínimo diario en México oscila entre $ 248.93 y $ 278.80 pesos, mientras que el salario profesional dependiendo del área de especialización, va de $ 296.41 a $ 419.88 pesos por jornada laboral.

En contraste, según testimonios de trabajadoras sexuales en la región sur de Veracruz, en un solo día pueden llegar a obtener entre 1,500 y 3,000 pesos, una cifra que rebasa incluso lo que una mujer profesionista percibe en varios días de trabajo formal.

Así, esta diferencia deja en evidencia no solo la precariedad laboral en múltiples sectores formales, sino también la compleja realidad económica que empuja a muchas mujeres a ejercer el trabajo sexual, muchas veces sin acceso a derechos laborales, protección de salud ni seguridad jurídica, pero con la recompensa de un mejor ingreso.

A pesar de que el trabajo sexual es considerado el oficio más antiguo del mundo, en México aún no existe una ley que reconozca ni proteja directamente a quienes lo ejercen, las trabajadoras sexuales enfrentan un vacío legal en el que sus derechos laborales no están claramente establecidos. En la práctica, la mayoría de ellas no cuenta con contratos escritos; los acuerdos suelen ser verbales o incluso “carnales”, según describen, como una forma de preservar la discreción tanto de ellas como de sus clientes.

Este contexto de secrecía las deja expuestas a múltiples riesgos, por temor al estigma, muchas prefieren no establecer vínculos legales formales, lo que impide que accedan a derechos laborales básicos como seguridad social, pensión o indemnizaciones por abuso. Además, en palabras del abogado Miguel Piña Balderas, subdelegado de la Confederación de Abogados de México e integrante de la Barra de Abogados en el municipio de Nanchital, “las lagunas legales y el conflicto entre la moral social y las leyes laborales hacen que estas mujeres trabajen en un limbo jurídico”.

Si bien no existe una ley específica para protegerlas como trabajadoras, sí hay legislaciones como la Ley Olimpia que salvaguardan su intimidad digital. Esta ley, de aplicación general, protege a cualquier persona principalmente mujeres de la difusión no consentida de imágenes íntimas, lo cual también ha representado un recurso importante para muchas trabajadoras sexuales víctimas de violencia digital o chantaje.

En este escenario, se pone de manifiesto la urgencia de un marco normativo que reconozca el trabajo sexual como una actividad legítima y que otorgue garantías mínimas a quienes lo ejercen. Mientras tanto, la combinación de secreto, prejuicio y falta de leyes claras continúa dejando a estas mujeres en una situación de vulnerabilidad.

Con respecto a la educación, entre las trabajadoras sexuales prevalece el analfabetismo, aunque dependencias como el Instituto Veracruzano de Educación de los Adultos (IVEA) mantienen programas activos, la participación femenina sigue siendo baja.

De acuerdo con Cristina Azamar Sánchez, del IVEA, el analfabetismo se presenta en distintos niveles: desde no reconocer letras hasta dificultades con lectura o matemáticas. En el último mes, solo tres personas se inscribieron para aprender a leer y escribir, ninguna de ellas mujer.

“Muchas no continúan por el trabajo en casa, el cuidado de la familia o porque sienten que ya no vale la pena estudiar”, señaló.

Terapia para olvidar

El psicólogo Omar Hinojosa Garizurieta comentó que algunas mujeres que ejercen el trabajo sexual han buscado apoyo terapéutico con el objetivo de dejar atrás esa etapa de su vida; sin embargo, muchas enfrentan dificultades para superar traumas del pasado, lo que complica su proceso de reconstrucción personal y su deseo de iniciar una vida diferente. Esta situación se ve agravada por el abandono institucional y el estigma social, que limitan su acceso a oportunidades reales de reinserción y bienestar emocional.

De esta manera, el acompañamiento psicológico, señala el especialista, es fundamental para atender no solo las heridas individuales, sino también las consecuencias de una realidad marcada por la exclusión

Por su parte, Juan Agripino Valencia ex delegado zona sur de Alcohólicos Anónimos, mencionó que muchas mujeres que se dedican al sexoservicio terminan cayendo en el consumo excesivo de alcohol, lo que las lleva a desarrollar una dependencia, a tal grado de que en la zona sur del estado, se ha identificado que las mujeres representan el mayor índice de casos atendidos en grupos de AA.

Algunas de ellas comparten antecedentes relacionados con el trabajo sexual y acuden en busca de apoyo para recuperar el control de sus vidas y romper con ciclos de adicción y dolor emocional.

Marcela y Karla representan a muchas mujeres que ejercen el trabajo sexual, su demanda es clara: ser reconocidas en las políticas públicas, con acceso a salud, protección y oportunidades reales para vivir con dignidad.

Sus cuerpos son juzgados, pero nunca protegidos; sus historias son ignoradas, sus necesidades desestimadas, la indiferencia no solo las deja expuestas, también las condena al olvido.

Aun así, resisten en cada paso, con cada noche que enfrentan a solas, porque aunque nadie las nombre oficialmente, ellas existen y agritos exigen ser escuchadas, así como sus derechos respetados.

Las trabajadoras sexuales del sur de Veracruz “Si” tienen nombre, rostros y voces.

Fuentes:

Marcela trabajadora sexual y mesera en bares y cantinas de Nanchital

Karla, trabajadora sexual en carreteras del sur

Esmeralda Mora Zamudio, alcaldesa de Nanchital.

Ángel Guillen Cubilla, Director Hospital IMSS Bienestar Ixhuatlán del Sureste.

Rosy Fernanda Lara Domínguez, Dirección de Salud Municipal Ixhuatlán del Sureste.

Erika Pérez Salinas, Unidad IMSS Bienestar de Nanchital (antes Centro de Salud)

Miguel Ángel Cacho López, Ginecólogo Particular y ex médico del hospital de Pemex de Nanchital.

Luis Geovani Pérez, Presidente del Colectivo diversidad Sexual de Coatzacoalcos.

Luis Alberto Ruiz, Presidente de la Asociación Coatza VIHVE

Comisión Nacional de los Salarios Mínimos (CONASAMI)

Christina Azamar Sánchez, IVEA Ixhuatlán del Sureste.

Omar Hinojoza Garizurieta, psicólogo.

Juan Agripino Valencia ex delegado zona sur Alcohólicos Anónimos

Miguel Piña Balderas, Subdelegado de la confederación de abogados de México, integrante de la barra de abogados en el municipio de Nanchital